1 de agosto de 2012

QUIJOTERIAS....... de Agosto.


AYER SALÍ A CORRER 
Cansado y confundido por la vorágine diaria, hastiado por los problemas inútiles  que cada vez nos acucian con mas frecuencia, ayer salí a correr. 
Salí a correr como tantos otros días, con la vana intención de evadirme,  de mantener mi maltrecha forma física,  también con la  idea casi imposible de mejorar mis “marcas”, no porque haya tocado techo atlético ya, ni mucho menos , más bien estoy tocando suelo atlético, si no porque a pesar de que todavía tengo mucho margen de mejora, hacerlo se me antoja cada vez más difícil, cada vez me da más pereza. 
Salí por un camino cualquiera, la tarde era azul de verano,  la luz brillante de Julio se resistía a marcharse. No me puse el reloj, el tiempo era lo de menos.
Pasado un buen rato iba absorto en mis pensamientos cotidianos, los críos, las ventas, aquel cliente que no me paga,… De repente y sin darme cuenta llegué a un camino por el que no había pasado nunca, ese camino serpenteaba y surcaba un barbecho de trigo que llegaba casi al horizonte. Me pareció un lugar hermoso, el cielo era de un azul tan intenso que casi hacía daño, los bancales estaban repletos de oro quieto, que solo se movía al vaivén  de una ligera brisa, la misma brisa que me traía aromas conocidos, a tierra, a mies, a trigo y a pueblo.
Mi respiración que momentos antes era entrecortada por la fatiga se pausó al compás cadencioso de la tarde, me sentí como parte de aquel lienzo  inmenso que tenía ante mí.
No pude evitar pensar si en aquel momento había entrado en conexión con todo el universo, no sabía con certeza si era yo quien me movía o eran la tierra y el cielo y el aire quienes me movían a mí.
 Sentí una paz inmensa, los pasos se sucedían sin esfuerzo, el sudor ya no escocía en mis ojos, me sentí ligero, etéreo, era una levedad fina y blanca, que casi me hacía ingrávido.  Sin darme cuenta el tiempo pasaba implacable, debía ser la hora en que los musulmanes rezan, aquella en la que un hilo no se distingue en el horizonte.
 Aumentaba el ritmo y no me cansaba,  subía la velocidad pero mi latido era el mismo.
Me parecía que con el impulso de cada zancada hacía girar la tierra bajo mis pies, como aquel equilibrista de circo que andaba sobre una esfera enorme haciéndola rodar bajo sus finas zapatillas de plata. Fue una sensación placentera, no quería que acabara.
 Por un momento imaginé que yo era el equilibrista que hacía girar el mundo con mi trotar, en la pista central, bajo la enorme carpa del universo.
Tengo la firme creencia de que la tierra no gira por sí sola, pienso que quienes corremos la hacemos girar con nuestros pasos. Los adultos pisamos con más fuerza, pero sé que quienes dan verdadero impulso son los niños con sus pequeños pasos , cuando un niño corre el mundo se mueve mas deprisa. Ellos son el verdadero motor de rotación y traslación.
A pesar de que  ya no soy un niño, ayer debí hacerlo girar deprisa, por que el tiempo pasó en un suspiro, la noche me sorprendió en plena función.
 Cuando bajé de esa nube, regresé  a casa.
Por el camino  la luna salió a saludarme, le di las buenas noches y le dije que apagara la luz antes de irse a dormir.
Ayer salí a correr.  
Javier Martínez Lorenzo.
                                                                       Verdinegro el corazón