30 de abril de 2013

MARATON DE MADRID 2013


Sólo deseaba que los corredores que me precedían entrasen de una vez por todas al Parque del Retiro y no girasen de nuevo. Les veo entrar por fin y, al acercarme a la gran puerta, veo que hay un pequeño escalón para subir a la acera. Pensé que no tenía fuerza ni para levantar las piernas. Pero entonces levanté la cabeza y miré hacia dentro. Se mezclaron en mí tantas sensaciones que no puedo describirlas. Siento un nudo en la garganta y se me humedecen los ojos solo de pensarlo. Apenas medio kilómetro y habría acabado el Maratón de Madrid. Recupero el aire que no encontraba en el último kilómetro y emprendo la última recta hacia la meta entre sollozos. Bajo el griterío ensordecedor del público acierto a escuchar los ánimos de mi amiga Yolanda y su marido Pedro desde una lateral, oigo los vítores de todos los aficionados que te llevan en volandas pese a no conocerte y, secándome las lágrimas, veo a Laura que se había saltado el cordón de seguridad y me espera a escasos 100 metros de la meta. Me tiemblan las manos al intentar escribirlo… Se completaba el círculo, ya que esta historia empezó mucho antes.
 
Empieza en Valencia, el 11 de noviembre del año pasado. Laura iba a disputar el Maratón de Valencia y yo los 10 km. La salida en Valencia es espectacular: sobre el río, en la Ciudad de las Ciencias, cada prueba por un puente, en paralelo. Creo que tras el pistoletazo estuve cerca de 50 metros sin poder respirar. Fue muy emocionante. Tras acabar mi prueba y seguir a Laura en varios puntos intermedios, me dirigía a la meta a esperarle. Fue todo el trayecto con una sonrisa que sólo nuestros hijos logran sacarle. Pero cuando se acercaba a la meta percibí que ese momento, aunque sólo fuesen unos instantes, debía ser inmensamente placentero porque así lo reflejaba su rostro. Fue entonces cuando decidí embarcarme en esta aventura, cuando la abracé tras pasar la meta y le dije que yo quería sentir lo mismo. 

Llegar a Madrid no ha sido nada fácil. Siempre me ha costado mucho ser constante en los entrenamientos por lo que sabía que tenía que ponerme serio para acumular kilómetros de cara al maratón. El 9 de enero empecé a entrenar. En estos más de 3 meses he compartido entrenos con compañeros del club, con casi todos, con amigos… y con Laura. Sin su insistencia y continuos ánimos me habría sido imposible. Vía Verde, ECI (El Corte Inglés), Pulgosa, Chinchilla, Imaginalia, lluvia, nieve, aire, frío, calor…

Pero hace 10 días, miércoles, salgo a entrenar. Notaba que algo no iba bien, no podía mantenerme en pie, me temblaba todo. Por la cabeza se me pasaron todo tipo de ideas. Un bloqueo brutal. No podía seguir corriendo, ni casi andando. Llegué a casa hundido, pensé que todo el trabajo se podía ir por el garete. No pude dormir en toda la noche. Al día siguiente sonó el dicho ring del grupo del móvil de los Quijotes. Jorge saldría con un amigo por la noche a rodar. Alfonso se apuntó y me uní a ellos. Nunca les podré agradecer que rodasen esa noche conmigo. 14 km a las 23:00 de la noche, marcando los termómetros 20 grados. Recuperé todas las buenas sensaciones de nuevo. No había duda, estaba totalmente acojonado. Deseaba que llegase el día de una vez por todas.

Y llegó. El pasado sábado nos dirigíamos a Madrid, directamente a la Casa de Campo, a la Feria del Corredor a recoger el dorsal. Estábamos en casa. En un pabellón repleto de corredores destacaban, como siempre para bien, los compañeros de Tarazona. Entre saludos y muestras de cariño mutuas recogemos el dorsal y nos vamos al hotel. Nuestro hotel estaba junto a la puerta de Alcalá. El caso es que note que cuando fuimos a ver dónde sería la salida al día siguiente, esa calle estaba en cuesta, pero nunca pensé que se me haría tan dura tras 41 km en las piernas.

8:30 del domingo. Entro a mi cajón, que gracias a los consejos de Laura sería el de 3:30, pese a haber entrenado para 4 horas. Nos despedimos y tras un pequeño calentamiento, los corredores nos íbamos arrimando unos a otros, ya que la mañana era bastante fría (2 grados). Entonces empiezan los preliminares: policía a caballo de un lado a otro, helicópteros, los paracaidistas bajando a Colón, muchísimos corredores extranjeros alrededor, tributo a Boston y comenzamos. Salimos de Colón hacia el Bernabéu, por la Castellana, 27000 corredores, entre los 10 km, media maratón y maratón. Más allá del km 5 me esperaban Laura y nuestros amigos, junto a Jorge y Tamara, lanzando sus primeros ánimos. No me había dado cuenta ni de los kilómetros que llevaba, ni de que habíamos ido subiendo todo el tiempo, ni siquiera de que había bordeado el Santiago Bernabéu. Estaba totalmente alucinado. 8 carriles de Castellana repletos de corredores con una sola ilusión. Cerca de Chamartín empezamos a bajar suavemente hasta volver a cruzar la Castellana, esta vez por encima, sobre un puente que observó que está repleto de gente, estrechando la calzada y dándonos un calor que no nos faltaría en toda la prueba. Glorieta  Cuatro Caminos y me veo fenomenal. Es ahí donde miro el reloj y veo que llevaba ya en las piernas 13 kilómetros. No me lo podía creer, recordaba las palabras de todos los compañeros diciéndome que disfrutase de la prueba y a fe que lo estaba haciendo. No se me borraba la sonrisa de la cara.
 
En esto que giramos una esquina y la sensación es brutal: estábamos pasando por la Gran Vía. De verdad que se quedaba pequeña para dar cobijo a tanto corredor, impresionantemente abarrotada de gente alborotada que jaleaba sin cesar a todos los corredores, los cuales nos mirábamos y flipábamos, sucediéndose un aplauso general improvisado ante ese escenario que nos dejó sin respiración a más de uno. Un poco más adelante escucho como llaman a Fito. No puede ser, mi amigo Adolfo y compañero de entrenos va 2 metros delante de mí y no nos habíamos dado ni cuenta. Iba con el presi de su club, CA Molinicos, que no lo estaba pasando aparentemente muy bien y, mientras comentamos las sensaciones de la carrera, salimos a la Puerta del Sol. Un griterío ensordecedor nos esperaba, estrechando de nuevo la calzada y haciendo que notásemos a la gente encima, llevándonos en volandas hacia el Palacio Real. Entre esos gritos, y casi encima de ellos, pude saludar a mis amigos y a Laura, que me estaban esperando para darme esos ánimos tan agradecidos. Un par de kilómetros después fue Jorge quien compartió unos metros a mi lado, al que reconocí que me encontraba de lujo. `Reserva, reserva, que vas muy bien pero queda mucho´. Sabio, como siempre. Gracias.

El ritmo de las bandas de rock nos marca el paso hacía la Casa de Campo. Sigo flipando con la prueba. Mi compi Adolfo comienza a marcar un ritmo distinto al mío y no sé en qué momento nos separamos, ignorando si estaba por delante o por detrás. Sin darme cuenta estaba en el kilómetro 26, qué barbaridad. Nunca había pensado estar a esas alturas tan fresco, con unas sensaciones tan buenas, siempre por debajo de 5 min el km y con muchas fuerzas. Ahí decido tomar mi segundo gel y me acuerdo de Javi Martínez y de Laura, aconsejándome sobre su uso.

Ya dentro de la Casa de Campo nos aguarda bastante gente aplaudiendo a los corredores, aunque escucho a un veterano decir que no nos engañen los aplausos traicioneros. Cierto. Noté que me aceleré y volví a pisar el freno, como durante toda la prueba, pensando que quedaba lo peor. Y salimos de allí, con una subida criminal que subí cómodamente, sobretodo porque arriba me esperaban mis incondicionales con agua y geles. Sabía que todo iba genial, que no sólo eran sensaciones mías. La mirada de Laura lo decía todo, me conoce bien y sabía que iba muy bien y, sobretodo, que estaba disfrutando. En ese momento se escucha a otro veterano gritar una máxima del Maratón de Madrid: `Animo, valientes. Quien sale de la Casa de Campo llega al Retiro´. Otra vez un grito en conjunto y otro aplauso improvisado que nos dio alas durante pocos metros, ya que nos encontrábamos en el km 34 y, cuando llegamos al Puente de San Isidro y miramos hacia arriba todo quedó en silencio. La visión fue tremenda. Estábamos en el Manzanares, junto al Calderón, y los edificios céntricos de Madrid se veían desde allí abajo con si de la cima del propio Everest se tratase. 8 kilómetros a meta que se presumían durísimos. Eso es un muro, sí señor, pero no físico ni psicológico, sino de asfalto y hormigón. Un corredor que iba a mi lado y yo nos miramos y un grito de ánimo para todos fluyó de nosotros de forma casual que nos hizo afrontar con ánimos al grupo que habíamos formado la subida hacia meta.

En ese momento me lo empiezo a creer. Creo que voy a ser capaz de llegar, de acabar un maratón. Mi objetivo siempre fue acabarla, me daba igual si era andando, pero hacerla y saber qué se sentía. Kilómetro 38, Glorieta de Embajadores abarrotada de gente animando. Eran casi 3 kilómetros de recta en continua subida que hacía que los ánimos de la gente se agradeciesen sobre manera. Llego a Atocha y ni me percato que estoy ahí, ya veo el Retiro. No puedo expresar la emoción que sentí en ese momento, las ganas de llegar que tenía, la alegría que me invadía, hasta que un hombre de pelo cano y bigote , deportista y espectador de la prueba, nos gritaba a todos los corredores invadiendo la calzada: `Ahora es cuando se sufre el Maratón, ahora es cuando se vence al Maratón´. Qué razón llevaba. Calle de Alfonso XII, Calle de Alfonso XII…

Bordeaba el Retiro, estaba ahí, íbamos a entrar, cuando noto que los corredores se van abriendo a los lados de la calzada, buscando las tablas, valga el símil taurino, y un enorme peso cae sobre mis piernas. La calle se empina sobre manera, la carrera se endurece, y en ese momento veo como mi trotar se vuelve extremadamente cansino. Me grito constantemente, me animo a mí mismo sabiendo que no quedaba nada, que ninguna cuesta podría dejarme sin premio… durísimo. Veo que llegamos al final de la cuesta, deseo que los corredores entren al parque, pero giramos la calle y veo la Puerta de Alcalá al fondo. No puede ser, la calle vuelve a empinarse y me voy quedando sin fuerzas, saliendo al lado de la calzada, hacia la gente, extenuado por el cansancio. Toda lo que había disfrutado de Madrid, de sus calles y avenidas, de sus gentes, de los grupos de música, de sus paisajes, de la carrera… todo se esfuma y empiezo a sufrir como juro que nunca había sufrido en la vida en una carrera. En ese momento, cuando ya se me saltaban las lágrimas de la rabia y el cansancio, noto como se me acercan varias personas gritándome y pidiéndome que no parase, que ya estaba a pocos metros, que lo tenía hecho. Entre miradas a unos y a otros, entre amables empujones de los espectadores, como si en una ascensión de montaña del Tour se tratase, entre montones de pensamientos, me encuentro con la entrada al Retiro.

Ya era mío, lo había logrado, había conseguido llegar a la recta de meta. El resto ya lo conocéis.
 
Tras cruzar la línea de meta, recibir la medalla y beber agua, por unos segundos no recuerdo escuchar nada, andaba hacia adelante como un autómata, intentando asimilar lo que había sucedido, lo que para mí era un auténtico reto. Iba absorto en nada, intentando ordenar todo lo sucedido, no en las 3horas y 28 minutos de la carrera sino en los meses previos, cuando escucho a Laura gritarme desde un lateral. Creo que estaba más contenta que yo. Cuando consigo salir no pude contener  la emoción. Entonces entendí todo, comprendí lo que se siente al acabar un maratón, y tener la suerte de poder compartirlo con mi mujer, a la que le debo media medalla. Gracias Laura, gracias Paula, gracias Sergio.

 Ahora viene el momento de los agradecimientos. No querría olvidarme de nombrar a nadie, por eso no voy a nombrar a ninguno, porque los que me habéis ayudado a realizar mi reto, los que me habéis acompañado en los meses de entrenamiento, los que me habéis aguantado muchas veces, los que me habéis disfrutado otras, los que me habéis hecho soñar con esto, ya sabéis quien sois y sé que os sentís partícipes de mi alegría.

Siempre he dicho que sería mi primer y mi último maratón…

GRACIAS AMIGOS

Héctor Julián Plaza Buedo