1 de mayo de 2013

XI CARRERA POR MONTAÑA DE CUENCA 2013


 
            Existe una épica cargada de misticismo que solo te da la montaña. Cuenca es perfecta ciudad para esta sensación ya que tiene una carrera de montaña, pocas ciudades pueden decir lo mismo. Pocos entornos pueden inspirar o hacer recordar letras, recuerdos y sentimientos que se agolpan en las aproximadamente dos horas que pudimos vivir en lo que definí en meta como “la mejor carrera de mi puta vida”.
            Ya nos avisaron el día anterior que nevaría, pero creo que los efectos baquianos del vino de Tarancón nos hizo ignorar o dar la suficiente importancia a la información. Por cierto, gran vino el de mi cuñado (esto es publicidad subliminal). De hecho no nos dimos cuenta de lo que nos esperaba hasta que amanecimos de forma plácida un domingo que pasaría a nuestra memoria para siempre. El viaje a Cuenca de hecho fue una especie de camino hacia lo desconocido con un puerto de Cabrejas al borde del cierre por calzada intransitable.
            Ya en los vestuarios, caras de frío, incertidumbre, desconocimiento, noticias sobre cambios en la carrera... El calentamiento ligero, gélido, mirando al cerro del Socorro con inquietud, sin atisbar la senda que teníamos que subir, sin imaginar las bajadas, las piedras, los toboganes.... En fin espectacular.
            El inicio de la carrera fue un cúmulo de ansiedades, de incertidumbres, de desafíos. El transcurso fue duro, como no podía ser de otra manera, las cuestas obligan a ir andando deprisa (es lo que requiere este tipo de carreras). Cerro del Socorro y bajada vertiginosa, puente de San Pablo helado, subida al Castillo llena de escalones, avituallamiento, cerro de las antenas, llanear por la playa del Júcar, trepar por rocas con cuerdas mojadas tensas y dolorosas, Castillo y via crucis hacia el Socorro. Árboles, ramas, piedras, nieve, y la mística... El esfuerzo, el sudor, el compañerismo... Mi cuñado que participó también en la carrera nos comentó que con la pájara que le dio cuando vio al cristo del Socorro creyó ver a Dios... A los dioses de las montañas...
            La llegada estuvo cargada de emociones, en mi caso me abracé fraternalmente a mis acompañantes de carrera, dos chavalotes del CA Iniesta con los que hice la mayor parte de la carrera y con los que compartí impresiones, chistes y precauciones. Tengo que dar gracias a la providencia por no habernos dejado el cráneo y extremidades en tan bellos parajes. No quiero dejar de decir que fue un enorme orgullo representar a nuestro club junto con dos grandes como Ascendino, gran deportista y persona, y Rodrigo, amigo y, qué narices, hermano de fatigas chinchillanas.
           
Para finalizar sólo quiero decir que este tipo de experiencias son las que me hacen que ame cada día más a este deporte. Que crea en la bondad del ser humano, que crea que podemos, ahora más que nunca... Gracias a la vida por permitirme hacer estas cosas, por poder compartirlas con vosotros. Os quiero.
Alfonso “Perlita”.