16 de abril de 2015

MARATON DE PARIS 2015

Hace un par de años corrí mi primera maratón. Viví unas sensaciones inolvidables, placenteras, ilusionantes y pensé que una maratón era suficiente. Pero el año pasado hice algunas carreras buenas y Laura pensó en París para reencontrarme con esta distancia. Estaba encantado por la idea y acojonado a la vez.

Me planteé el reto de forma diferente a Madrid: quería prepararlo bien y hacer un mejor tiempo. Así lo he hecho: 14 semanas para llegar en las mejores condiciones posibles al pasado fin de semana, donde me encontré con las peores sensaciones que he pasado nunca corriendo.

Físicamente me encuentro muy bien, realmente bien, pero según se acercaba la fecha parecía que todo se iba torciendo. Y para terminar de torcerse, el viernes perdemos el vuelo a París. No me lo podía creer. Decidimos, no sin mucho dudar, sacar otro vuelo pero la huelga de controladores previa al viernes hace que sean escasos. Conseguimos vuelo y reservamos hotel en Barajas. A la llegada al hotel, no tienen constancia de nuestra reserva. Llamadas y llamadas a la compañía para ver qué había pasado. Todo nos decía que quizá no era buena idea ir a París. Todo se arregla y al día siguiente, a las 5 de la mañana llegamos a Barajas, rumbo a París. De nuevo a la llegada al hotel, no saben nada de nuestra reserva. Increíble. Tras unos momentos de confusión aparece nuestra reserva. Las 12 de la mañana del sábado y vamos corriendo al metro para ir a recoger el dorsal en el Parque de Exposiciones de París.



Allí nos esperan colas de entrada aunque, una vez dentro, todo está muy bien organizado y va bien. Al recoger los dorsales me percato que Laura aparece como corredora francesa y con errores en su nombre, aunque tras todas estas circunstancias ella ya había decidido no correr. Buena feria del corredor y buen ambiente.

Salimos a medio día a comer y tras la comida llegamos al hotel a descansar. Pese al tute que nos hemos dado, sin apenas descansar la noche anterior, tengo las piernas perfectas, nada cansadas. Comienza a llover en París por lo que presagio que la carrera puede ser dura, viniéndome a la cabeza las imágenes de los compañeros en el Maratón de Roma semanas antes. Pero a media tarde decido que no puedo estar allí y no acercarme a la Torre Eiffel y más estando el hotel muy cerca. Bajamos y hacemos la visita de rigor, ondeando la bandera Quijote bajo la atenta mirada de la torre.

Tras hablar con Alberto me quedo más tranquilo, ya que me dice que el domingo habría una buena temperatura para correr, y así fue.
Tras la lluvia del sábado y un poco antes de las 8 nos dirigimos a la salida con una buena temperatura. Estoy en el segundo cajón y la salida la tengo a las 8,47. Doy un pequeño trote en el mismo cajón de salida y rápidamente se colocan todos los corredores. Sobre el plano, el recorrido de la carrera era
genial: La Concordia, La Bastilla, Notre- Dame, Louvre, Museo de Orsay, Torre Eiffel…

Comienza la carrera y me siento muy cómodo, marcando el ritmo que quiero llevar desde el principio que a estas alturas me es muy fácil llevar y mantener. Espectacular salida y ambiente al llegar al km 1, en la Plaza de la Concordia, abarrotada por muchísimo público animoso, al igual que en la Plaza de la Bastilla, en el km 3, donde nos van alejando del río y donde me había avisado Juan Carlos que se podía hacer tapón, ya que pasamos de 6 carriles a 2 y un tercer carril bús. No hay problemas de estrecheces aunque sí nos vamos juntando algo más. Ahí es donde empezamos a subir suavemente mientras, como si no quiere la cosa, nos van sacando de París, al Bosque de Vincennes, en el km 9. Es un sitio idílico, encantador, precioso, pero en el que, durante la friolera de 10 km, pude contar 5 o 6 espectadores. De hecho, cada 3 km había una orquesta, banda o charanga y era tal el silencio y el eco que, desde que dejabas de escuchar la música a lo lejos de uno de estos grupos podías escuchar el otro. Y todo el rato subiendo, desde el km 3 hasta el 17 aproximadamente, que empezamos a salir del bosque, mis piernas notan como no hemos dejado de subir. Bastante deprimente para un Paris que tiene esas grandes avenidas y calles.

En el km 19 volvemos a entrar en la civilización, por una entrada que nada tiene que envidiarle a la de Albacete por la carretera de Jaén, y vuelve a haber presencia de vida humana en las aceras animando al personal. Sigo bien aunque empiezo a dudar si estas subidas, tendidas pero continuas no me pasarán factura. Subidón al llegar a la media maratón, km 21.



 Voy bien de piernas, el tiempo que iba marcando era perfecto, según lo pensado, y subidón de nuevo en la calle antes de acercarnos a la Plaza de la Bastilla de nuevo (en el plano dice que pasamos de nuevo por allí pero nada de nada) y salimos al Sena. Estaba deseando llegar al llaneo para tomar buenas referencias, ya que iríamos desde el 23 hasta el 31 por el margen del río. Empieza a hacer calor, y me quitó lo que me quedaba, los manguitos, ya que ya había tirado la braga y los guantes. Es entonces cuando me acuerdo de Juan Carlos y su advertencia: hay unos puentes en el río que tienes que tener cuidado. Y tanto. Cuando llegamos al Sena, la parte que esperaba que fuese la más bonita de la carrera, ya que en el plano ponía que pasábamos por el Louvre, Notre- Dame… nos bajan a la carretera del margen del río, bajo el nivel de la calle, por lo que no se ve nada a un margen del Sena, solo la pared de piedra, y comenzamos a meternos en túneles larguísimos, con sus correspondientes bajadas y subidas y bochorno en su interior. Es entonces, en una de esas subidas-salidas cuando empiezo a sentir que algo no funciona. Las piernas se me ponen durísimas y empiezo a no poder mantener el ritmo. A esas alturas hacía bastante calor y los corredores empezaban a notarlo y sigo adelantando a gente, ya que no noto esa sensación de angustia por el calor, ni tampoco la flojera de ir vacío por dentro, solo dureza. Ahí empieza el calvario.



A la salida del último túnel, en el km 29, en el que ya hay mucha gente, frente a la Torre Eiffel, que esta vez si podía haberla visto pero no estaba mi cuerpo para mucho, veo a Laura e intento que me sirva de empujón para afrontar lo que me queda…y lo que me espera. Pasamos el 31 y veo unas pintadas que rezan `Premio de la Montaña’. Efectivamente. Ya que habíamos llegado a París deciden meternos otra cuesta hasta aproximadamente el km 38, por un barrio residencial que aún hoy dudo que estuviese habitado y por el Bosque de Bolonia, donde se encuentran las pistas del mítico Roland Garrós.
No podía más. Abandono la idea de acabar en el tiempo previsto y me centro en la única idea de terminar. Pero iba muy mal de piernas y decido andar un minuto cada 2 km si quiero conseguir acabar. Desde el 8 de enero entrenando para este día y todo se estaba jodiendo. Desde ese 31 hasta meta es un auténtico sufrimiento. Tanto es así que en el km 40 pasa por mi lado un quad de la Cruz Roja y se me pasa por la cabeza decirles que me lleven a meta. No podía más. 


Pero es ahí donde aparecen en el suelo carteles con frases motivacionales que me hacen ir de un letrero a otro, buscando convencerme a mí mismo de que puedo llegar a meta.
Y así fue. 3:23.

Creo que una imagen vale más que mil palabras y la sensación que sentí al terminar esta carrera fue tan inolvidable como en Madrid pero muy distinta a la vez. La sensación de decepción y frustración a día de hoy es máxima. Sé que tengo que estar contento por haber acabado una carrera de esta distancia pero, para mí, tanto esfuerzo, tanto tiempo robado e invertido aquí no merece la pena y no lo volvería a hacer, aunque no descarto la idea de hacer más pero con la mitad de preparación.



A día de hoy estoy físicamente perfecto pero anímicamente no. Habrá que dar tiempo al tiempo y esperar a que el cuerpo me pida correr. Sé que muchos habéis estado pendientes de mí y os lo agradezco, como por todas vuestras muestras de cariño. A mis amigos Quijotes deciros que mi cabeza me pide descanso y debo dárselo. Espero que nos veamos pronto por esos caminos y pueblos y pueda disfrutar de esta afición.

Un saludo.

Héctor